El Desafío (Re-pub)

El Desafío (Re-pub)

Agudos y apasionados, aquellos gemidos se escuchaban con claridad e intensidad, aún en la calle donde estábamos.

Y todos sabíamos de quien provenían, no había duda, emanaban de aquella dulce y hermosa boquita. Venían de la protagonista del día: Jime.

Habíamos estado grabando un comercial. Yo estaba
trabajando como asistente de producción y Jime era la actriz protagonista.

Estábamos trabajando, lo sé, pero no podía dejar de encabronarme mientras la veía coquetear con el desgraciado director, quien entre toma y toma se la cargaba de a caballito agarrándola de sus blancos y deliciosos muslos, e incluso de sus nalgas. Eran más que obvias las intenciones de cada cual. Ella lo hacía por conveniencia, sabía bien que si se ligaba al director éste le podría ayudar a ascender en su carrera; él, por otro lado…, bueno, era obvio que se la quería coger.

Así que, pese a las diferencias de edad, y a que daban de qué hablar a los miembros del crew, abiertamente y
frente a todos una vez que se escuchó: , pareciera que hubiese sido: , por lo menos para ellos dos.

El infeliz director, junto a su joven actriz, se dirigió hacia un hotel que
estaba justo a un costado de donde habíamos filmado.

, un miembro del staff comentó y otros más rieron tras verlos entrar al mentado cinco letras.

Yo estaba que hervía de rabia, pues hasta parecía burla, mientras nosotros aún seguíamos trabajando, recogiendo el equipo, aquellos muy campantes ya le estaban dando gusto al cuerpo. El muy cabrón hijo de puta se la estaba chingando, ¿y yo…? ¡Yo que le había abierto el camino! ¡Carajo! Y es que fui yo quien la metió en esto.

La conocí en un CCH, mientras yo daba un Taller de medios audiovisuales. Le interesaba la actuación, la danza y otras artes escénicas.

Ella era una de mis alumnas más guapas. Tanto que no me sorprendió enterarme de que modelaba al desnudo para la clase de dibujo, demostrando que además de bella era una chica especialmente desinhibida.

No puedo negar que me atrajo desde los primeros días.

Luego, gracias a sus compañeros me enteré de que era bastante promiscua e incluso bisexual. Así que, obvio, me nacieron grandes deseos por culeármela.

Como además de dar ese curso yo también trabajaba en comerciales, y conocía agencias de casting, le ofrecí introducirla en aquel mundillo de la publicidad.

La cité para que fuéramos a algunas de esas agencias a dejar sus datos. Pensaba, por supuesto, conquistármela, pero la muy cabrona llegó acompañada de su novio. Me encabroné de sólo verla llegar con ese wey.

Sin embargo, aún así la puse en contacto con la agencia.

Le tomaron fotos y la incorporaron a su carpeta de actrices.

No pasó mucho para que la llamaran y así obtuvo sus primeros trabajos como modelo. Ya luego vinieron los comerciales.

Pero, mientras la muy cabrona comenzaba a ganar buen dinero e iniciaba una prometedora carrera, a mí ni me lo agradecía.

¿

Y cómo esperaba que me lo agradeciera?

Bueno, con algo de cortesía de su parte… reciprocidad, caray. Si ella lo pasaba bien en el camino que yo le había abierto, yo quería pasarlo bien con ella.

No quería nada que a ella no le gustara.

Siendo bien cogelona, no le costaría ningún sacrificio a una chica que disfrutaba de eso.

Además me lo creía bien merecido, ante Jime se abría una prometedora carrera por delante. Y si yo le había abierto el camino, ella bien podía abrirme sus piernas, ¿o no?

Por eso, días más tarde, platiqué abiertamente con ella.

—…es justo, ¿o no? Yo sólo te pido eso. No es nada del otro mundo. Además te prometo que lo pasaremos bien.

La muy taimada reaccionó como sintiéndose ofendida, yo, sin embargo, continué:

—Anda, total no es algo que no hagas con los productores o directores a quienes te has cogido.

Parece que eso la ofendió aún más, pues su mirada se encendió. No cabe duda, la verdad duele.

—Ah, ¿así que te crees que yo me ando cogiendo con cualquiera, así como así? —me increpó.

—Bueno, no con cualquiera…, con quien te conviene —dije, echándole en cara lo obvio.

Por un momento pensé que la había cagado, pues se quedó callada mirándome con una mirada como si me quisiera fulminar, no obstante me dijo:

—Mira, vamos a hacer esto. Te propongo un desafío y si lo cumples, pues… —dijo conciliadora.

—A ver, a ver ¿cómo? —le pregunté a Jime, verdaderamente intrigado.

—Sí, mira, ¿conoces a la Chapis, la Lore, la Pao y la Chío?

—Sí, claro —respondí, recordando a aquellas cuatro chamacas que siempre andaban juntas.

—Pues es fácil. ¡Cógetelas! Te reto a que me demuestres que eres tan chingón que no sólo consigues que te abran
las piernas, sino que queden tan satisfechas que ellas mismas te pidan más.

“Ah cabrón”, pensé en aquel momento. “’Ora sí que me salió más cabrona que bonita”. ¿Y para qué quería que me las cogiera? Bueno, de seguro sabía que lo tendría difícil pues tres de ellas eran de las más modositas de la escuela, “Niñas buenas”.

Acepté, no obstante, pues mucho estaba en juego. Fue así que me lancé en su busca inmediatamente. Las vi sentadas en una de las jardineras de cemento del CCH. Caminé hacia ellas y decidí dirigirme a la más
callada pues creí que si empezaba con ella la tendría fácil.

—Hola, disculpa, ¿eres Paola? —le dije.

Ella era notablemente más tímida que sus amigas, y no era muy bonita que digamos, así que creí sería la más receptiva y la más fácil de abordar.

Sus amigas interrumpieron de golpe su plática y se me quedaron viendo.

—Oye, necesito de tu ayuda, ¿puedes venir conmigo?

Cuando la alejé de sus amigas, logré convencerla de que la necesitaba para un ejercicio audiovisual, la grabación de un video. Ella aceptó.

—Te pago si es necesario, tú nomás dime cuanto y… —le dije mientras caminábamos con intención de distraerla.

Ella se sonrojó y nerviosa me contestó.

—Ah, no, cómo crees. Nada más dígame qué tengo que hacer —me dijo.

Me la llevé detrás de unos salones. Allí, alejados de miradas indiscretas, nos quedamos mirándonos uno frente a otro.

—Bien, ¿qué hago? —me preguntó la muy ingenua.

—Mira te voy a enseñar mi… —y (después de cerciorarme que nadie estaba por ahí cerca) que me bajo el zipper.

Mi robusto falo de carne salió por la cremallera abierta del pantalón y pude notar que la mirada de Paola no lo perdía de vista.

Había quedado atónita y con la boca abierta en una expresión de…

Miré hacia la ventana del salón donde sabía que Jime nos estaría observando. Pues habíamos quedado en ello. Así ella atestiguaría el acto. Al dar con ella traté de demostrarle que mi pedazo de carne bien podría complacerla (por tamaño y respuesta) y me esforcé por hincharlo a todo lo que daba. La cabeza de mi falo se me inflamó y cabeceó exponiendo mi voluntad que en él imperaba.

Por su parte, Paola, parecía que era la primera vez en su vida que contemplaba un apéndice como éste. De Jime no
alcancé a notar su reacción, sin embargo, lo que sí noté es que había sacado su celular y nos estaba grabando. Aquello me pareció de lo más morboso y cachondo por lo que hizo que me encendiera aún más.

Aprovechando su momento de incredulidad, rápidamente me abracé a Paola. La besé no dejándola emitir negativa alguna. Prácticamente sentí que se derretía en mis brazos y me sentí con la situación dominada.

Paola, que si bien no era bonita de rostro, sí que tenía unas amplias caderas que se antojaban para aferrarse de ellas mientras se le daba una buena cogida desde detrás. Comencé aferrándome de ellas mientras la besaba para irla calentando. No conformé con ello le subí la falda luego para toquetearla toda de sus nalgas, aún sobre la tela calada de sus pantaletas.

Ella, pese a que se veía que lo estaba disfrutando, paró en seco mis intenciones alegando que “eso” estaba mal. Mientras que Paola reacomodaba sus calzones tuve que “te****armela” con el cuento de que estaba loco por ella.

Tardé, pero luego de convencerla comencé a bajarle los chones.

—Oye, pero ¿qué haces? —me dijo.

Ensalivé uno de mis dedos y así, con él, comencé a lubricarle la pucha.

Pese a sus constantes “no”, era obvio que ella lo quería. Mediante dulces palabras, besos y promesas de amor, Pao aceptó de buena gana mi incursión probablemente haciéndose la ilusión de una futura relación romántica.

Logré que se recostara en pleno pasto y así, con los calzones a media pierna, se me abrió, lista para recibirme con los muslos bien abiertos.

Se la dejé ir hasta el fondo. La chica emitió un grito agudo y fuerte, noté una pequeña lágrima escurriéndole de uno de sus ojos, pero a pesar de su pesar ya no emitió negativa alguna. Incluso puedo jurar que alzó más su pelvis como con intención de brindarme por completo su parte púbica.

“¡Puta!”, pensé en aquel momento, “¡Qué rico desvirgue!”. Pues, sin yo preguntárselo, me di cuenta que en verdad eso era. La chamaca había sido virgen hasta ese momento, se sentía bien estrechita.

Mientras Paola emitía sollozos de satisfacción sincera, traté de encontrarme de nuevo con la mirada de Jimena, como para enfatizarle que eso mismo podía ella disfrutar de mí. Sin embargo no la vi. Ya se había retirado.

Como lo único que me quedaba era la Pao, en ella me enfoqué.

—Se ve que te hacía falta, ¿eh…?, golosa —le dije—. Pero no te preocupes que ahorita te lo doy —y la penetré lo más rápido y fuerte que me fue posible, para demostrarle lo que un hombre podría brindarle.

Luego, al tenerla de a perrito, los chasquidos al chocar nuestras carnes fueron muy morbosos y sonoros. Le perdí el miedo a que alguien nos descubriera y me afiancé de sus tremendas caderas con fuerza, mientras horadaba cada vez más rápido aquel antes virginal agujero.

La pinche Paola se retorció como tlaconete en sal, puedo jurarlo. Cuando nos volvimos a tirar en el pasto ella ya se mató solita. Se dio gusto con duros y frecuentes sentones.

Luego la coloqué de espaldas al robusto tronco de un árbol inclinado. La sujeté de las corvas y la penetré furiosamente. Mientras tanto, Paola sudaba profusamente y, al tener a su atacador frente a ella, me confesó su sentir.

—Aaaah, me gusta. ¡Aaayyy!

—¿Estás a punto de…? —le cuestioné, aún sabiendo la respuesta.

—¡Aaaaayyy! —gritó evidenciando aún más lo obvio.

Puedo confesar que en ese momento me sentí feliz. Me sentí feliz de haberle provocado un orgasmo a la “niña bien portada”, a la modosita de Paola. Nadie, hasta ese momento, le había ofrecido tal placer, y quizás nadie más lo haga después, pues no es muy bonita que digamos, pero la verdad es que… tratándola, es buena persona. Simpática y de buenos sentimientos.

Confiando en que no había tenido contacto sexual antes de mí es que se la había metido sin látex de por medio, así que, al poco rato, Paola (tendida en el pasto, con sus pantaletas sujetas ya sólo a uno de sus tobillos) escurría líquido seminal de su desflorada vagina.

Antes de poder retirarme ella me cuestionó:

—¿Cuándo nos volvemos a ver?

“!¿Qué?! ¡Hasta crees!”, pensé yo. Pero le respondí de forma que le alimenté su necesidad de afecto, y pidiéndole que no se lo contara a sus amigas (pues eso iría en contra de mis planes). Aunque, por su timidez, no creí que lo hiciera de cualquier manera.

—Bueno. Todavía te faltan tres y no olvides que quiero que las grabes y luego me pases los videos, que sólo así te creeré —me dijo Jime más tarde.

Fue así que al día siguiente me presenté en casa de Carla, quien era conocida por el mote de “La Chapis”, por su complexión de tipo petite. De facciones más bellas que las de Pao, no estaba nada mal.

Le dije a la chica que el día anterior me había dirigido a Paola sólo para averiguar dónde vivía ella. Me dejó pasar a su casa, sin mucho problema pese a estar sola. Creo que yo le gustaba. Sus papás andaban trabajando y sus hermanitos habían ido a la casa de junto con unos amigos.

Tras persuadirla de que mi único interés en Paola había sido ella misma, en minutos, ya estaba sobre La Chapis en el sillón de la pequeña sala de aquella casa de interés social. Nos fajamos muy, muy rico.

Como me vi libre de actuar a mi antojo, le pedí que me llevara a su recámara.

Ya ahí no hubo problema en sacarle sus pantalones y en meterme entre sus piernas para hacerle un fino trabajo lingual. Aunque antes, previsoramente, coloqué mi mochila en el tocador, pues en ésta había preparado mi celular para que nos grabara sin que ella lo notara.

La chamaca me devolvió el favor al chupármela de tan buena manera que me di cuenta que no era una total novata en esas artes, a diferencia de su amiga Paola.

A decir verdad fue notorio que La Chapis era versada en las artes del amor pues…

De repente se levantó y fue al tocador donde había dejado mi mochila. Temí que se hubiese dado cuenta del celular que nos grababa, pero no. Es que ahí, en uno de los cajones, guardaba los condones. Tomó uno y volvió a mí a mamármelo, a la vez que yo sacaba el preservativo de su empaque.

Tras envolverme el pene en látex procedí al ensamble de nuestros cuerpos para la cogedera. Ella se me abrazó utilizando ambas piernas como pinzas que se cruzaron tras mi espalda.

El movimiento principal venía de ella. Como una amante consumada, La Chapis me demostró
que sabía moverse con cachondería y mocedad a la vez.

Por su complexión, yo podía maniobrarla con facilidad y así la convertí en mi montadora. Fue así como, gracias a mi celular, guardé esas hermosas nalgas suyas para la posteridad.

Ella sí que hacía rechinar el catre.

La cabrona sabía moverse. Lo hacía delicioso y besaba con entrega. Con sus manos apoyadas hacia atrás me entregó de lleno su pubis. De ella salieron todas las posiciones que hicimos.

“¿De dónde salía tanta experiencia?”, me pregunté, al mismo tiempo que palpaba su tierna edad de manera interna.

Le retiré la camiseta, pero cuando procedía a hacer lo mismo con el brasier me vi interrumpido.

—¿Y por qué dices que ya no le siguieron? —me preguntó Jime cuando vio la grabación.

—Le tuvimos que parar porque regresaron sus hermanitos. Pero como ellos no tenían llave tocaron el timbre y eso nos dio chance de vestirnos.

Jime rió y yo también al recordar lo embarazoso de la situación. En ese momento Jime y yo nos miramos cómplices. La traté de besar pero ella me eludió y se retiró de mí.

—La próxima yo grabo mientras tú te la tiras. Ya sólo te faltan dos.

—Y no me puedes dar un adelanto —le dije, volviéndome a acercar.

—No, ni se te ocurra —y me plantó una mano en el pecho para que me alejara—. Todo esto va a ser tuyo, pero cuando acabes.

Jime se sopesó sus bien formadas mamas y a mí se me hizo agua la boca. “Eso sí que es una mujer… bien desarrollada y totalmente desinhibida”, pensé para mis adentros. A ella sí que la quería por horas y horas aullando de placer, y en varias posiciones? con ella no sólo me conformaría con mojar la brocha.

Al día siguiente le llegó el turno a Lorena, la menos recatada de las cuatro amigas. Y lo digo pues usaba muy cortas minifaldas y era evidente que era bien zorra. A leguas se le veía que le encantaba la cogedera. De hecho ella mostró aún más iniciativa que La Chapis.

Fue idea de la Lore ir a los baños del CCH y en uno de los cubículos ponernos a coger ahí. Como que ya lo había hecho antes. Ella, incluso, se desnudó por completo pese a saber que cualquiera podría descubrirnos allí mismo. Y es que, sin mucho problema, alguien bien podría asomarse por sobre el mamparo y espiar desde ahí arriba, cosa que justamente hizo Jime para grabarnos. La Lore ni cuenta se dio.

Nos besamos con calentura mientras ya la penetraba. Parecíamos una pareja de novios bien prendidos, como si el apetito nos consumiera.

Gocé de una buena e intensa montada por parte de ella. Cabrona flaquita, pese a tener poca chiche y poca nalga, sí que sabía moverse y darle justo gusto al cuerpo.

Nunca antes me había llamado la atención, la verdad, ya que no estaba demasiado buena o bonita. Pero en ese momento me hacía poner los ojos en blanco con sus expertos movimientos. Ahora que había descubierto las habilidades de aquella alumna del CCH no las desaprovecharía.

Cuando miré hacia arriba, para ver a la Jime? con cuidado de que la Lore no se diera cuenta? la vi más que satisfecha. Me sonrió complacida y se retiró.

Para la última de las cuatro chicas, conocida como La Chío, tuve que representar nuevamente el papel de loco y perdido enamorado. Con ella fue verdaderamente difícil ya que sus padres la cuidaban muchísimo, la tenían súper consentida? hasta iban por ella a la escuela. Estaba muy mimada y su carácter así lo evidenciaba, pues hasta hablaba como aniñada.

Así que tardé más en ganarme su confianza, y la de sus padres, pues incluso me presentó ante ellos muy formalmente como su novio.

Aún ya interesada, me llevó más de tres semanas en convencerla de coger. Como era la única hija estaba muy consentida. Pero al final, así como me abrí paso en su confianza, lo hice también entre sus pliegues vaginales que ya lamía en su propio cuarto aquella ocasión. Lo que sí, la muy cabrona escuincla me exigió que usara preservativo, ni hablar.

Jime acudió a la casa de Chío el día que me propuse desvirgarla? quería atestiguar por sí misma y hacer la grabación del evento; cosa perversa, pensé. Se posicionó en uno de los corredores de la unidad habitacional donde Chío vivía y, por una ventana de la habitación, metió su celular para así grabar lo que ocurría en el cuarto de la chica.

La escena era especialmente cachonda: una chica virginal como Chío, entregándoseme a mí, que ya le llevaba algunos años de experiencia. Y no es que fuera todo un experto, pero me sentía orgulloso de haber logrado, no sólo desnudarla casi por completo siendo ella tan niña, sino que justo en aquel momento le lamía y lamía la estrecha e indemne vagina.

Chío sólo había conservado la parte superior de su ropa y así se me entregó. Cuando por fin la penetré, rompiendo su inocencia y su himen para siempre, sabía muy bien que Chío ya no volvería a ser la misma chica que aún dormía con ositos de peluche. De hecho, le tiré la mayor parte de ellos de su cama para hacerme espacio, y así no nos estorbaran en nuestra faena sexual.

Y vaya faena que gocé con la antes recatada niña pues, por primera vez en su vida, Chío supo lo que eran las posiciones sexuales.

Supo que al colocarse sobre sus cuatro extremidades, y ofrendarme así su trasero, se trataba de la posición comúnmente llamada de perrito, o como ella le gustó decirle desde ese momento. También supo a qué le llamaban cabalgar una reata cuando ella misma me montó como una verdadera jinete o, mejor dicho, vaquerita, pues indudablemente eso parecía, una experta vaquerita montando una terrible e indómita bestia. Y lo aprendió tan bien que igualmente lo hizo al estilo inverso, con buenos movimientos de su parte, debo decir. Me ofrendó así su delicioso trasero y me sentí como un venturoso truhán.

Jime, desde el corredor, pudo atestiguar el cambio radical en su compañera de colegio. A partir de ese momento ya no sería más la inocente chiquilla que destacaba en la escuela por su buen comportamiento y excelentes notas. Nadie se imaginaría el verla así, gimiendo y gimiendo sin parar, víctima de los empujones que yo mismo le daba al meterle mi verga con el mayor brío, como si quisiera partirla en dos.

Chío cambiaba frecuentemente de posición con ansiedad, como si quisiera probar todas las posibles:

Abría sus piernas al máximo para dejar entrar al invasor, las cerraba para capturarlo en su intimidad. Se dejaba caer boca abajo regalando así ese delicioso culito a mi insaciable boca que no hallaba contentamiento. Se sentaba sobre mi regazo para que así, frente a frente, nos pudiéramos besar. Y todo eso estaba siendo grabado por la Jime, ¡WOW! ¡¡¡La sensación erótica más maravillosa!!!

No podía estar más que satisfecho.

No obstante, al final? previamente de que aquella antes virginal chiquilla llegara al culmen de su propio record de orgasmos? expulsó, inevitablemente, un gas intestinal como sonora trompetilla. A Jime casi la delata la risa al reaccionar ante aquello que, para su fortuna, lo tenía guardado gracias a la cámara de su celular.

“La hija de mami echándose un p e d o en pleno agasajo sexual, esto sí que está bueno” pensé, deseando ya ver la grabación.

Sostuve con fuerza su estrecha cintura, quien no dejaba de emitir gemidos y sollozos de placer. No dejé de empalarla con contundencia desde atrás, incluso no me detuvo aquel oloroso gas que con total insolencia se disparó hacia mí desde aquel menudo cuerpo. Ella tampoco dejó de gemir por ello. Parecía como si entre todo aquel disfrute no tuviera plena consciencia de sí misma.

—¿Se te escapó? —le pregunté en su momento.

—¿Qué…? ¿Qué cosa? —me respondió, casi fuera de sí.

—Pues qué va a ser, ese p e d o.

Los dos nos soltamos a reír entre los aullidos de pasión expulsados por ella.

Al parecer, Jime se dio por satisfecha pues se fue y ya no la vi cuando acabamos.

A la siguiente semana, cuando acudí al CCH, esperando con ansias, claro, toparme con Jime para exigir mi bien ganada recompensa, me llevé tremenda sorpresa.

Resultaba que para ese momento ya prácticamente toda la escuela compartía los videos de mis encuentros sexuales con aquellas cuatro chicas. Aquellas grabaciones pasaban de celular a celular y eran la comidilla de todo el colegio.

Fui inmediatamente responsabilizado, no sólo de la difusión de aquel material, sino de haber abusado de las alumnas también.

La Chío, La Pao, Lorena y La Chapis enfocaron toda su furia hacia mí.

Me echaron en cara haberlas engañado. Entre todas me injuriaron con total saña y me denunciaron con las autoridades del plantel y de gobierno. Las consecuencias fueron funestas.

Ya más tarde me enteré que aquellas y la Jime se tenían ojeriza desde primer año, llegando a odiarse casi a muerte, así que ésta me había utilizado para vengarse. ¡La muy cabrona de la Jime me había utilizado!

Debió carcajearse al ver el resultado de su obra. Yo, por supuesto, ya no la volví a ver. ¡Pinche güila cabrona…! …aquella que bien supo trepar de rama en rama.

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