El regalo de cumpleaños

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El regalo de cumpleaños
El regalo de cumpleaños

El amigo de Víctor me había pedido que estuviera en su casa a las diez de la noche en punto.

Entré en la habitación caminando muy despacio, sin hacer ruido y allí entonces pude verla. Estaba tumbada boca arriba en la cama con las piernas abiertas; llevaba medias de nylon y zapatos de taco aguja negros muy altos. Una tanga diminuta y transparente marcaba perfectamente sus labios vaginales bastante hinchados; su pubis depilado era muy invitante. No tenía corpiño, sus magníficas tetas estaban apenas cubiertas por una fina camisola negra también traslúcida.

Tenía sus manos atadas juntas a la cabecera de la cama y no podía verme, porque sus ojos estaban cubiertos por un antifaz de terciopelo negro. De haberlo podido hacer, habría visto que yo estaba tan desnuda como ella, pero en mi pubis llevaba colocado un arnés provisto de mi consolador favorito de hule…

Me acerqué, acaricié su pierna desde la rodilla hasta el muslo y deslicé un dedo por la tanga, rozando sus labios vaginales, que se humedecieron a mi contacto enseguida. Corrí la pequeña tela a un lado y le metí dos dedos dentro de su concha caliente y húmeda…

Ella gimió con una expresión de sorpresa.

“Vine a cogerte, nena; a sacarte esa puta que está dentro tuyo”. Le dije suavemente, mientras mis dedos seguían y acariciando su clítoris.

Se sorprendió un poco más todavía; seguramente su marido no le había dicho que le traería a otra mujer como regalo de cumpleaños…

Me puse a horcajadas sobre sus turgentes tetas y le tomé su cabeza por la nuca, obligándola a abrir los labios para meterle mi juguete dentro de la boca.
Lo aceptó sin decir palabra y enseguida comenzó a lamerlo con muchas ganas. Realmente esa puta sabía cómo lamer una verga.
Le aferré la nuca con mis dos manos y empujé un poco más, diciendo:
“Así se hace, perrita, veo que sabes chupar bastante bien”
Se sofocó con la verga al fondo de su garganta, así que se la saqué un poco para permitirle respirar, pero enseguida volví a cogerle la boca.

Mientras ella se dedicaba a mi juguete, yo seguía acariciándole el clítoris y la concha, hasta que de repente noté un temblor en su cuerpo, acompañado por un leve gemido. Enseguida mis dedos salieron mojados de su vagina. La puta había acabado entre mis manos…

“Me dijeron que te gusta mucho coger, nena…que te encanta una buena verga dura en tu concha… pero hoy tengo ganas de metértela por el culo”. Le susurré muy suavemente.

Se sobresaltó cuando me escuchó decir eso y ensayó protestar, pero le puse una mano en la boca y le dije que no tenía otra alternativa. De todas maneras, me imaginé que a su edad ya no tendría el culo sin estrenar…

Muy suavemente la levanté por la cintura y la hice girar boca abajo, dejando sus manos apoyadas en el respaldar y su cola bien arriba en el aire.
La visión de su trasero redondo y firme me provocaron excitación y envidia a la vez… su culo era perfecto. Sentí que me humedecía bajo el arnés…

El primer azote que le di la tomó por sorpresa y gimió de dolor. Luego siguió otro y otro más… y ya dejó de quejarse y sollozar.

Mis dedos comenzaron a jugar otra vez dentro de su concha. Podía notar cómo la perra empezaba a excitarse más y más aún; volvió a gemir cuando continué azotándola con mis palmas un poco más.

Abrí sus nalgas y eché un poco de gel lubricante entre ellas. Luego mi dedo índice se coló dentro de su agujero bastante estrecho, muy estrecho para lo que se le venía encima. La mujer suspiró y tembló nuevamente mientras yo jugaba con su culo, regalándome un segundo orgasmo.

Apunté con mi juguete de hule bien lubricado contra su esfínter y empujé, tomándola con firmeza por sus suaves caderas. El primer empujón apenas abrió un poco su ano, pero ya a esa altura no había marcha atrás, otras gotas más de gel lubricante y nuevo empujón. Su culo empezaba a ceder a la par que sus gemidos y chillidos arreciaban.

Sentí como la cabeza de mi juguete había entrado en su culo, gemía y yo sabía que le dolía bastante, pero ya el dolor se transformaría en placer…

Seguí apretando, notaba cómo la verga iba entrando poco a poco. Oía su respiración y sus jadeos incontrolados, sus palabras entrecortadas:
“Me duele, me duele; por favor no sigas, me estás matando” Gemía.

“Silencio perrita, hoy vas a ser mi puta y a aguantar mi verga en tu culo”

Empujé más y entonces mi verga empezó a entrar y salir, primero muy despacio, luego un poco más rápido; mi pelvis golpeaba su culo mientras sus nalgas se movían al compás de los empujones.

Cerré mis ojos y la escuché rugir y aullar mientras un orgasmo final recorría su cuerpo. Me distendí y abrí los ojos otra vez, sin dejar de bombearla.

Entonces vi a su marido, que sin soltar la cámara de video de la mano, le llenaba la boca de semen a mi perra maniatada, en lo que, seguramente, debe haber sido la mejor mamada de toda su vida…

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