Mi adolescencia y el portero

Mi adolescencia y el portero
Cuando era chica vivía con mis viejos en el barrio de Belgrano; en un edificio antiguo donde había un par de departamentos por piso.

El portero del edificio era Manuel; había sido el mismo desde toda la vida; pero claro, él parecía tener la misma edad para mí, pero yo había crecido y estaba en plena adolescencia…

Manuel era un buen hombre, aunque algo bruto; un tipo grandote, de piel oscura; que siempre había sido de confianza. Las vecinas de la cuadra le hacían fama de mujeriego…

Cuando ya empecé a desarrollarme como mujer, noté que a Manuel se le iban los ojos detrás de mi culo redondo cada vez que nos cruzábamos. A los quince yo era muy chica, pero a esa edad ya sabía cuándo un hombre me cogía con la mirada.

Durante un par de años soporté toda clase de piropos ordinarios y embates de su parte; pero sin decir nada.

Al empezar mi último año de la escuela secundaria, comencé a fumar con algunas de mis amigas. Una tarde estaba sola en casa y encontré que ya no tenía cigarrillos a mano.
Era la hora de la siesta y hacía calor. Yo estaba vestida con una pollera mini de jean, muy corta, que apenas me tapaba la cola y una camiseta liviana de algodón, que alcanzaba a cubrirme las tetas; aunque mis pezones siempre erectos se transparentaban claramente…
La calle estaba desierta a esa hora y decidí que no iba a cambiarme de ropa para ir hasta el kiosco de la esquina. Nadie me vería así por el barrio, con esa pinta de puta reventada…

Sin embargo al llegar a la calle, me crucé con Manuel. Por supuesto, se le fueron los ojos y pude ver la lascivia pintada en su mirada hambrienta. Se relamió, mirándome de arriba abajo.
Para colmo, llevaba unas sandalias de taco alto que realzaban mis piernas bien torneadas. El hombre no pudo contenerse:

“Cómo creciste, Anita… cada día estás más linda…”

Me hice la distraída y seguí mi camino. Compré los puchos y volví.
Nunca lo había pensado antes; pero comenzó a rondar por mi perversa cabecita la idea de calentar a ese viejo verde y baboso…
Por otro lado, me preocupaba que mis viejos se enteraran, porque entonces se me iba a complicar la cosa. Además, en esa época ya salía con Víctor; me gustaba y cada tanto cogíamos…

Estaba pensando en eso, esperando el ascensor, cuando escuché la voz de Manuel a mis espaldas.

“Estás muy provocativa así vestida, Anita…” Susurró muy suave.

“Qué pasa, no le gusta lo que ve…?” Le pregunté con ironía.

“Por supuesto, me encantan las mujeres vestidas como putas…”

Ya lo miré mal, con cara de bronca; pero ese tipo sabía que sus palabras me estaban calentando. Mientras lo miraba, sentí que mi bombacha de algodón comenzaba a humedecerse.
Decidí cambiar de tema:

“Necesito cambiar una lamparita, pero la ferretería está cerrada…”

Mentí, con la esperanza de que Manuel tomara la iniciativa. Y el tipo picó, porque se le encendió la cara con una sonrisa.

“Yo te puedo dar, si te parece…”

Me hice la boluda, poniendo cara de haber encontrado la salvación en su oferta; pero también le dejé ver que había entendido el doble sentido de su respuesta…

“Y dónde la tiene…?” Le pregunté, recalcando el doble sentido.

Manuel miró hacia el fondo del palier principal, donde guardaba los trastos de limpieza y sus herramientas. Me hizo un guiño, para que lo acompañara.

Al entrar a ese cuartucho mal ventilado, me indicó que las lámparas las guardaba en una estantería de madera. Por delante había un pequeño banco; pero Manuel me dijo que él era demasiado pesado para subirse y podía romperlo.
Así que me pidió que subiera yo a alcanzar esa caja con lámparas.

Me tendió la mano y pude ver que el viejo verde inclinaba la cabeza para mirar por debajo de mi breve pollera de jean. Hurgué en la caja sin apuro, para darle tiempo a que pudiera distinguir bien el color blanco de mi bombacha y hasta la mancha húmeda que llevaba en la entrepierna…

Saber que el tipo me miraba desde abajo estaba calentándome demasiado. Mi concha seguía humedeciéndose más…

Le alcancé la lámpara y Manuel me hizo sentar sobre una mesa de roble. Lo hice y entonces él me puso su mano sobre mi pierna…

“A ver, nena… qué es lo que estás buscando…?”

“Nada Don Manuel, necesito la lamparita, nada más…”

“No me mientas, pendeja… a vos no te hace falta una lamparita…”
En ese momento me di cuenta lo que estaba por hacer y eso me provocó una tremenda calentura. Seguramente en ese mismo cuartucho maloliente, el viejo ya se había cogido a más de una mina del barrio. Yo iba a ser otra de sus putitas…

“Tiene razón Don Manuel… no necesito esa lamparita…”

Y entonces me bajé de la mesa y me dirigí al palier.
Al llegar a la puerta de mi departamento estaba con la boca seca, pero seguía estando muy, muy caliente. Me saqué la bombacha y efectivamente, estaba totalmente empapada.

Me tomé un vaso de agua y, mientras lo hacía, no podía dejar de pensar en la cara de lascivia de Manuel.
Las piernas me temblaban cuando volví a tomar el ascensor.
Encontré al portero en el palier y le dije con voz firme que había vuelto a buscar mi lámpara. Me miró con cara de asombro y me dijo que lo acompañara. Me llevó otra vez a su aguantadero…

Me hizo sentar otra vez sobre esa fría mesa de roble, pero ahora me abrió las piernas y puso sus pesadas garras entre mis muslos.

“Te pregunto otra vez, pendeja… qué estás buscando…?” Susurró.

Mientras me miraba a los ojos, sus dedos recorrían el interior de mis muslos, acercándose cada vez más a mis labios vaginales. Entonces tuve un sobresalto, al recordar que me había quitado la bombacha humedecida en mi casa.

Cuando sus dedos estuvieron a escasos centímetros de mi concha, me preguntó si eso me gustaba. Y yo le dije que sí.
El muy hijo de puta me tuvo un rato así, rozando apenas mis muslos. Mientras yo gritaba por dentro pidiendo y suplicando que me hundiera esos dedos enormes en mi concha desesperada…
Mi calentura ya me hacía volar; así que de repente me quité la camiseta por la cabeza y le mostré mis tetas desnudas, con mis pezones bien endurecidos. Manuel acercó su boca a ellos y comenzó a lamerlos.
En apenas segundos me provocó un tremendo orgasmo; sin todavía haberme hundido sus dedos en mi concha.
Acabé gimiendo muy suave; mientras él lamía y chupaba mis tetas.

Entonces por fin se dio cuenta de que me había hecho acabar solamente con sus labios en mis pezones. Sonrió y se quitó los pantalones. Luego se sentó en un sillón, diciéndome:

“Todas las putitas que vienen aquí me la chupan siempre…”

Yo no tenía demasiada experiencia oral; pero me arrodillé frente a él y comencé a acariciar esa verga; que poco a poco fue creciendo entre mis dedos. De a poco comencé a pasarle mi lengua por todo ese tallo y finalmente me animé a metérmela en la boca.

Manuel jadeaba y mientras me rozaba mi entrada anal con uno de sus enormes dedos. Después de un rato de chuparle la pija, me tomó por mis rulos rubios y me preguntó si era lo suficientemente puta como para aguantarme su verga por el culo…

Le dije que todavía tenía la cola virgen y él se rió a carcajadas.

“Entonces te voy a dar por la conchita hasta que me pidas basta…”

Me hizo poner en cuatro sobre el piso y empezó a meterme apenas la punta de esa gruesa verga. De golpe me la mandó entera hasta el fondo.
Me dolió y pegué un agudo alarido; pero Manuel me tapó la boca, para que nadie me oyera afuera. Me susurró al oído que en ese cuarto, las buenas putitas no gritaban cuando la tenían adentro…
De repente sentí que mi calentura desplazaba al dolor. El viejo me la metía a fondo y la sacaba entera; empujando cada vez más a fondo, con toda su potencia. Yo ya no me quejaba, sino gemía muy despacio con cada embate de su poderosa pija en mi concha.

En un momento me aferró por las caderas y se quedó quieto contra mi culo. Entonces sentí que ese hombre me llenaba la concha de semen caliente. Su acabada me disparó otro intenso orgasmo, que se hizo escuchar bastante entre esas cuatro paredes…

Me la sacó de mi concha y me hizo girar para enfrentarlo. Me ordenó que se la chupara hasta dejársela limpia; como hacían las buenas putitas.

Manuel se vistió y me dijo sonriendo:

“Nunca me imaginé que serías tan putita, Ana… “
Agregó que estaría ahí siempre que yo quisiera bajar a coger…
Pero le respondí que ésa había sido la primera y la última vez.

Cuando llegué a mi casa, me encerré en el baño, para darme una ducha relajante que me calmara del todo. Ese hijo de puta me había hecho acabar dos veces; pero yo todavía seguía caliente.

Con la segunda paja por fin me calmé. Pero entonces me puse a pensar si esa iba a ser la última vez que bajaría a golpear la puerta de ese cuartucho maloliente…

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