¿Un carajillo?

Big Dicks

¿Un carajillo?
El principio de esta historia es algo muy habitual en mi trabajo: contacta conmigo una señora que quiere que vaya a ver su piso para ver si un reforma que quiere hacerse es posible y saber qué costaría. Tras la primera llamada me empiezan a hablar por WhatsApp, para poner fecha de la visita y saber si necesito alguna documentación. Y no falla, siempre se despiden con un “guapo” o un beso. Debe de ser cosa de esa generación…

Hasta aquí todo era normal. Llegué a su casa y al abrirme la puerta, su cara fue de sorpresa, y en seguida me dijo que esperaba alguien más joven. Y le contesté que no se preocupara, que ahora en el colegio ya nos enseñan a hacer reformas (me pasa bastante, ya ni me sorprende que me llamen joven con 40). Y se rió como por compromiso mientras me hacía pasar.

Me enseñó todo el piso mientras me contaba toda la historia de cada habitación, cómo era antes, y todo lo que había hecho su marido, dejando claro que ya no se hacía nada porque su marido no estaba y ella no tenía idea de bricolaje. Una visita de 15 min se alargó una hora porque aquella mujer hablaba por los codos. Así que cuando me ofreció un café dije que sí, total ya no me daba tiempo a llegar a la siguiente visita y cancelé la cita.

Me hizo pasar al sofá para tomarnos el café y que le explicara cosas sobre lo que podía hacerle a la casa. Le echó un chorro generoso de coñac a su café y me dijo, sin esperar respuesta, “te echo un poco?” mientras lo hacía. Sospeché que tenía algo de sordera selectiva.

Después se sentó junto a mí. No en una de las butacas que había frente al sofá, para poder hablar cara a cara, sino al lado, muy cerca. Era algo sospechoso, pero quizá tenía que ver con el problema de oído que sospechaba. Y no, realmente sorda no estaba, pero la mujer debía de tener calor porque al primer sorbo de café empezó a sacarse botones de la blusa enseñando un generoso canalillo. Bendito coñac, que me permitió tener aquella visión al subirle los colores a mi posible clienta. Se convirtió en mi centro de atención y yo ni siquiera traté de disimularlo, estaba claro que le gustaba que la mirasen porque procuraba colocarse de forma que, por mi ángulo de visión, se lo viera bien.

Me encantaba, por fin, haber encontrado una clienta un poco traviesa. Normalmente estas charlas son un completo aburrimiento, pero aquel día podía decir cualquier barbaridad, la señora no me estaba haciendo puñetero caso, sólo ponía cara de interés y se preocupaba por mantener mi atención en su cuerpo.

Se levantó un momento a por algo y al volver a sentarse se había recogido el pelo, llevaba los hombros al descubierto y claramente se había subido la falda, que en aquel momento dejaba entrever el límite de sus medias. Eso sí, de lo que había ido a buscar, ni rastro.

Estuvimos charlando un rato más, y mi paquete ya era bastante evidente, sobre todo porque no traté de disimularlo en absoluto. Aquella situación era muy excitante. Pero llegó el momento de irme y le dije que le enviaría un presupuesto y ya lo comentaríamos más adelante.

Pasaron varias semanas, le envié lo acordado, y volvió a requerirme para comentar dicho presupuesto. Así que acudí raudo a ver a mi posible nueva clienta favorita, que no me decepcionó y abrió la puerta en camisón (pese a que eran las 11h de la mañana) y dijo un “no recordaba que venías, perdona el desorden, no me ha dado ni tiempo de arreglarme mientras subías la escalera”. Claro… totalmente creíble, el teatro no era lo suyo, pero no iba a ser yo quien criticara el esfuerzo por intentarlo.

Pasamos directamente al sofá y ya ni preguntó, el carajillo estaba a medio preparar… suerte que “se había olvidado que venía”. Nuevamente sentada junto a mí en aquel enorme sofá y otra vez poniéndose en ángulo de visión. Pero esta vez no iba vestida normal, y con aquel camisón la visión era mucho más nítida. Los pezones se le marcaban en aquella tela tan fina, y si la otra vez la falda dejaba asomar el final de unas medias, esta vez no había que pudiera tapar mi visión. Ella estaba sentada de lado en el sofá, con las pierzas flexionadas como una jovenzuela, el camisón le dejaba al descubierto todo el muslo hasta la mitad del culo.

Me estaba costando mucho mantener una conversación coherente con semejante fémina delante mío exhibiéndose. Y en un momento dado me puso la mano sobre la pierna, que obviamente no aparté y tras unos segundos y sin ningún disimulo, se fue acercando a mi entrepierna a medida que hablábamos. Ahí empecé a pensar, porque debo de ser muy espabilado, que quizá aquella señora ya no tenía ganas de hablar más del piso.

Así que le cogí la mano y la puse sobre el paquete directamente, que estaba completamente lleno, y ella se mordió el labio con cara de deseo. No apartó, como ya suponía. Así que empecé a desabrocharle los dos botones del camisón mientras me sonreía con picaresca, dejando dos maravillosos pechos al descubierto, los que no tardé en empezar a besar y mordisquear. Y ella a gemir de placer, se notaba que lo estaba deseando, y yo también.

Subí, mordisqueándole todo el cuello cual vampiro hambriento y la besé apasionadamente. Mientras, con las manos, acaricié aquellas curvas que deseaba tanto ver al descubierto. Y mis manos se posaron en sus pechos, que masajeé hasta que noté unos pezones duros que quería volver a lamer.

Después bajé mis una mano a su entrepierna empecé a jugar con ella, notando cómo se humedecía, deseosa de algo más que unos dedos hábiles. Rápidamente le quité el camisón y me deslicé hasta el suelo, donde me puse de rodillas y le abrí las piernas. Mi lengua recorrió la parte interior de sus muslos muy lentamente para alargar su deseo. Hasta que llegué a sus labios, a los que di un largo lametazo saboreando cada instante. Los abrí con mis dedos y entonces mi lengua buscó su clítoris para rozarlo, primero de forma lenta y subiendo el ritmo. Le mordisqueé los labios mientras mis dedos jugueteaban entrando y saliendo. Entonces me agarró la cabeza apretándola contra ella para sentir mi lengua penetrándola durante un rato hasta que se corrió sonoramente, y su cara de satisfacción y vicio no tenía precio.

Se dió la vuelta para darme el gusto de follarla y dejó que la empotrase contra el respaldo del sofá, mientras mis manos recorrían el cuerpo de aquella experta sin complejos. Se movía a un ritmo que no esperaba y pedía que le diera con fuerza, así que tuve que darle algunos cachetes en las nalgas para que dejara de pedir tanto. Pareció gustarle la sorpresa.

Cuando tuvo el culo del color del carmín de sus labios se separó visiblemente cansada y decidió descansar un rato en el suelo. Cuando me senté en el sofá, no dudó en ir directa a por mí entrepierna y restregó un largo rato su cara contra mi miembro, complacida de hacerlo lujuriosamente. Empezó a lamerlo y a chuparlo, primero de forma sensual y después con ansia, pero no dejó que me corriera. Cuando ya estuvo suficientemente descansada, se subió encima mío a horcajadas y cabalgó hasta que nuevamente tuvo un orgasmo y yo con ella, dejándola rellena de leche rejuveneceroda. Al acabar, mientras me vestía y ella retozaba en el sofá, me dijo: “creo que quiero hacer una reformita en casa, vas a tener que venir mucho de visita de obra, no?”

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