Un vuelo para nada agitado

Un vuelo para nada agitado
– Pasajeros con destino a la Ciudad de México, favor de abordar por la puerta cinco – sonaba el altavoz en el aeropuerto de Cancún.

Armando y Vero se dirigieron hacia allá. Sus vacaciones habían terminado y el Caribe quedaba atrás, junto con las ruinas de Chichen Itzá. Fueron dos semanas recorriendo la península de Yucatán, principalmente la Riviera Maya. Cobá y Tulum fueron también parte del itinerario arqueológico, alternando con las olas de Playa del Carmen y Cozumel.

Mostraron sus pases de abordar y se colocaron en la fila que se forma en el túnel de acceso para entrar al avión. Cuando llegaron al interior, confirmaron la disposición de los asientos. Con un pasillo central, cada fila tenía tres: el de la ventanilla, el central y el que da al pasillo. Ellos habían seleccionado ventanilla y central. Localizaron sus lugares y se sentaron. Así aguardaron a que los demás pasajeros hicieran lo mismo y que el avión despegara. El asiento del pasillo permanecía vacío. Armando ocupaba el central y Vero el de la ventanilla. Finalmente, todos los pasajeros ya estaban sentados y el asiento del pasillo permanecía sin ocuparse. Armando albergó la esperanza de disponer de más espacio durante el vuelo, pero casi en el momento en que cerraban la puerta del avión, una señora llegó atropelladamente con sus dos hijos adolescentes. Ella tendría entre cuarenta y cuarenta y cinco años, calculó Armando. La hija tendría 17 y el hijo 15. Revisaron sus pases de abordar y la hija constató que su lugar correspondía al lugar del pasillo junto a Armando. Revisó con la mirada a Armando y con un cierto gesto de desaprobación le cambió el lugar a su mamá. La señora tenía un aire de superioridad que hacía manifiesto en sus gestos, como la voz alta con la que ordenaba a sus hijos dónde sentarse y un algo que Armando y Vero percibieron y lo compartieron con un simple intercambio de miradas, alzando las cejas.

Una vez que los hijos tomaron asiento, la señora terminó con las esperanzas de Armando y ocupó el lugar. Sin ser guapa tenía su atractivo, era esbelta, alta y de lindas piernas, que mostraba vistiendo un short muy corto. Su mala vibra se hacía sentir, y Armando estaba aprisionado en ese asiento central. La señora siguió mostrando su lado abusivo, al momento en que la sobrecargo ofrecía las bebidas de cortesía, pidió un tequila más.

Nuevamente con un intercambio de miradas Vero y Armando criticaron la acción.

El vuelo era nocturno y al poco tiempo apagaron las luces del avión para que los pasajeros que así lo desearan pudieran dormir. Vero no fue la excepción y se sumió en un profundo sueño, apoyando su cabeza sobre el hombro derecho de Armando. La sensación de inmovilidad se hizo aún más fuerte en él. Solo podía mover la mano izquierda y algo que no pudo explicarse nunca, lo invitó a jugar con fuego. Las piernas de la vecina del asiento del pasillo eran una invitación a acariciarlas. Conteniendo la respiración, y con el corazón latiendo más agitadamente, fingió rascarse la pierna izquierda, pero al hacerlo rozaba muy ligeramente la pierna de la señora, que también había cerrado los ojos y parecía dormir.

No hubo reacción que indicara que eso la m*****aba. Armando decidió arriesgar un poco más, y con el dorso de sus dedos acarició la pierna una vez más. Nuevamente todo siguió como si nada. Su estómago estaba contraído, imaginaba el escándalo que se podría disparar si esta señora altanera le recriminaba en voz alta su conducta. Lo que diría Vero recostada en su hombro, la tripulación de vuelo, los hijos de la señora, el juicio de todos los demás pasajeros. El riesgo era infinito, pero no podía detenerse, la suerte estaba echada.

Esta siguiente vez la caricia fue deliberada, la hizo con las yemas de los dedos, deseando no hacerlo, pero imposibilitado por un impulso perverso para detenerse. Observó de reojo la cara de su vecina, y no encontró reacción alguna. También volteó a ver a Vero, dormía profundamente sobre su hombro. Midió todas las reacciones posibles, nada lo salvaría si la vecina reclamaba, pero el deseo crecía cada segundo.

Sin pensarlo más, puso su mano sobre la pierna de la vecina, esperó unos segundos. Nada, ella seguía con los ojos cerrados, sin mover un solo músculo de la cara. No quitó la mano, pero se dio un poco más de tiempo para avanzar. Sin darse cuenta, ya estaba acariciando la pierna con toda la mano. Sintió una piel suave, cuidada, firme, y deseosa.

Del otro lado Vero dormía profundamente, respirando con tranquilidad. Eso, sí, eso fue lo que le dio la pauta, la señora no movía los músculos de la cara, pero su respiración era cada vez más agitada. Su mano empezó a extender las caricias que se limitaban a recorrer desde la rodilla hasta medio muslo, ahora era desde la rodilla hasta el short. Su corazón latía a mil por hora, y la respiración de la señora se aceleraba. Puso su mano entre las dos piernas, y frotó el pubis sobre el short . Y ella ya no pudiendo reprimirse empezó a empujar hacia adelante la cadera. Su respiración iba en aumento. Las venas de su cuello se empezaron a mostrar, palpitaban al igual que su deseo. Armando había disminuido el riesgo, la vecina no iba a reclamar, pero Vero podría despertar en cualquier momento y no sabría que decir, sin embargo, la tentación crecía. Vigilaba ahora solamente la respiración de Vero y a la tripulación. Todo estaba en calma, menos el sexo de la vecina que se humedecía a cada caricia. La mano derecha de Armando se mantenía firme en el antebrazo del asiento que lo separaba de Vero, la izquierda estaba ante un gran reto, entrar en ese cuerpo hermoso que poco a poco se iba arqueando pidiendo más. Con esa invitación constante, que la vecina marcaba con rítmicos empujones del pubis, su mano encontró un espacio entre el short y el abdomen firme, plano, de la vecina.

La mano se fue deslizando hasta sentir una tanga diminuta, de encaje, así lo percibían las yemas de sus dedos. Continuando la exploración llegó al pubis rasurado, empapado de sudor, caliente, excitado. Siguió el proceso hasta alcanzar unos labios abiertos, suaves, lubricados por los jugos que la vagina ya secretaba. Primero fue un dedo, el respingo de la vecina no se hizo esperar, y un ligero gemido, casi imperceptible, escapó de su garganta. El dedo medio se deslizaba una y otra vez, buscando el punto G, la postura no ayudaba, pero la perversidad de la acción los tenía unidos en una hermosa armonía silenciosa. El segundo dedo inició el ataque, la vulva había cedido a toda resistencia, se entregaba al placer prohibido. No supieron cuanto tiempo transcurrió mientras los dedos entraban y salían hasta que un pequeño espasmo indicó el orgasmo. Ambos cuerpos se relajaron. Delicadamente sacó la mano del short y se acomodó para descansar un rato.

Al poco tiempo las luces del avión se encendieron y la voz del piloto anunciaba el próximo aterrizaje.

– No sentí cómo se pasó el tiempo – comentó Vero. – Cerré los ojos y pum, ya estamos aterrizando .

– Sí verdad. Fue un vuelo para nada agitado – contestó Armando.

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