UNA SIESTA CON PAPÁ

Fleshlight

UNA SIESTA CON PAPÁ
Me llamo Diego, y esta experiencia ocurrió hace bastante tiempo, recién descubiertos los placeres solitarios que nos cambian la vida a temprana edad. Mamá acababa de dar a luz una bebita y, siguiendo costumbres desfasadas, mantenía la cuarentena; es decir, 40 días sin practicar sexo de ningún tipo: la excitación y los orgasmos podían retirarle o estroearle la leche de sus soberbias ubres, y ello perjudicaría a la nenita.
Cuarenta días de abstinencia que, unidos a los anteriores al parto, tenía que soportar mi padre con una resignación mal llevada. Su carácter se había avinagrado y saltaba a la mínima. Estaba más salido que un babuino en celo y él, tan machote, no pasaba por meneársela en el baño para aliviarse y descargar los huevos a punto de estallar.
Aquella tarde, después de la comida, me eché sobre mi cama para hacer una siesta; mis padres me obligaban a ello, pese a que ya no era un crío. Y aquel día caluroso de verano también mi padre decidió echar un sueñecito antes de salir de paseo a la fresca por la plaza con la familia. Al poco, lo tenía a mi lado roncando en la penumbra de mi cuarto. Tanto era el calor que se quedó solo con el boxer. Lo contemplé pausadamente. Tenía un buen cuerpo a pesar de que estaba próximo a los 50 años. Su trabajo de mecánico lo mantenía en forma, con el cuerpo proporcionado y un rostro atractivo y cabellos negros rizados. En esas estaba cuando observé un gran bulto en la entrepierna. Estaba empalmado a más no poder. Presioné con suavidad la polla sobre el calzón y esta aumentó de tamaño y se puso todavía más dura. No pude evitar la tentación… ¿y si se la sacaba para afuera?
Había un problema. El boxer estaba abrochado con dos botoncitos. Con extremo cuidado desabotoné uno, mientras comprobaba que aquella poronga amenazaba estallar. Luego, el otro. El pollón ya asomaba por la abertura. Con sumo cuidado lo saque todo afuera. ¡Cómo disfrutaría mamá con aquel miembro taladrándole las entrañas! Empecé a calentarme; mi verga también estaba a tope, a punto de correrme, pero evité tocarme para prolongar aquel momento tan excitante. Comprobé que papá dormía como un tronco y roncaba cada vez más fuerte. No lo dudé. Empecé a masturbarlo, primero levemente, luego con fuerza. Su capullo sonrosado abultaba como una seta. Casi instintivamente, me recline y le besé el capullo. Me gustó el olor que desprendía y una gotita seminal ya asomaba por el meato. Luego, metí toda su polla en mi boca hasta casi atragantarme. Succioné y ensalivé su miembro con deleite. Aquello crecía cada vez más. Mi mano apenas podía abarcar toda la verga. Noté que papá apretaba los muslos ligeramente mientras yo seguía chupando. Me asusté y cesé en la maniobra. Pero al poco volví a a felación y aún me atreví a liberar sus cojones gordos como aguacates. Los besé y lamí; me gustó su sabor. Por fin me apliqué en la chupada de pija. Mi boca bombeaba sin cesar y mi cabeza se movía rítmicamente como un émbolo. Los ronquidos de papá se transformaron en tenues quejidos mientras arqueaba el cuerpo para sentir más intensamente la mamada. Está teniendo un buen sueño, pensé. ¡Ummmmmmm! Un líquido espeso me llenó la boca. Se corría irremediablente entre jadeos de placer. No quise que quedase ningún resto de lefada sobre su calzón o en la sábana que delatase mi aventura, así que bebí hasta la última gota de su semen abundante y caliente.

Por la tarde paseamos los cuatro felizmente por la plaza. Mamá mostrando orgullosa su bebita, papá más relajado y de mejor humor, y yo observando de reojo cada uno de sus movimientos. Sorprendentemente, aquel domingo me aumentó la paga semanal, sin hacer comentario alguno.
Sigue el caluroso verano. Me esperan más sobremesas de obligadas siesta en mi habitación. Hoy también mi padre se ha incorporado a mi cama. Se echó junto a mí en silencio, como no queriendo despertarme. Luce unos calzones blancos más amplios. Aguardo que se duerma y empiece a roncar. Palpo su entrepierna. El bulto está hinchado y duro como nunca. No dudo en repetir la maniobra del otro día. Si aquello hizo pajearme cinco veces con un placer sin límite, hoy voy a quedar seco. Empiezo… ¡Ah! Los botoncitos del boxer de papá ya vienen desabrochados…

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